La denuncia de María.

Martes, 22 horas, en una comisaría de Madrid.

Fuimos a denunciar el robo del bolso con rabia por el disgusto, pena por el valor de lo perdido, angustia por todos los trámites que quedaban por hacer, miedo porque los ladrones tenían las llaves del portal, aunque en cierto modo aliviados porque hemos cambiado la cerradura de nuestra casa rápidamente. Creíamos que iba a ser cosa de cinco minutos porque habíamos hecho la denuncia por internet y únicamente tendríamos que firmarla. Pero no fue así.

Mientras esperábamos, llegó María:

  • ¿Qué ha sucedido? Le preguntaron en la recepción.
  • Mi exnovio me ha pegado.
  • ¿Hoy?
  • No, el domingo
  • ¿Por qué no vino antes? (era martes). Siéntese allí y espere un momento.

Pronto salió “Policía número 1”, rubio, muy rubio, casi albino. Con bastante cercanía y de paisano, se sentó junto a María que tenía un brazo escayolado. Tuve la sensación de que el calor de Policía 1 no servía de mucho porque nos encontrábamos en una fría sala de espera abierta, en  una comisaría gigantesca,  por la que pasaban numerosos funcionarios bromeando para sobrellevar lo mejor posible el trabajo nocturno y en la que cada día habría gente como nosotros que tenía un gran disgusto, pero no su vida rota y, en esas condiciones, personas como María tienen que explicarle a un desconocido de qué manera ha sucedido todo. Tal vez sería mejor que ese relato se produjera en una sala más íntima. A pesar de todo, ella estaba con admirable entereza.

María le contó a Policía 1 que el domingo iba a dormir en casa de su madre y no pensaba ir por su casa, pero al final decidió pasar en ella un rato por la tarde. Tenía la música muy alta y llamaron a la puerta. Pensó que era un vecino que le iba a pedir que la bajara y abrió con el ánimo de pedir disculpas. Pero era él, su exnovio. Entró en la casa gritando. “¡Estás con alguien!”, mientras intentaba seguir avanzando por el pasillo para comenzar su histérica búsqueda. Ella forcejeó con él para que no consiguiera pasar, pero él la empujó. Tiene fracturas y fisuras en la mano y el brazo, además de un esguince cervical. Ella da gracias a que su compañero de piso estaba en la casa.

Además de la agresión, estaban ante allanamiento de morada, según Policía 1. María, con dudas sobre este último punto, explica que no quiso denunciarle, ya que la casa en la que vive está alquilada a nombre de su compañero de piso y de su ex pareja, aunque ella paga el alquiler desde su cuenta, algo que puede demostrar con justificantes. La razón es que no tienen todavía el NIE, algo para lo que debe quedar poco tiempo. Explica que hoy martes se decidió a denunciar porque le ha visto merodeando otra vez por su casa y por su trabajo y siente miedo por su hijo de 8 años, que por suerte no estaba en el momento de la agresión y ahora mismo está en casa de la madre de María.

María había tenido una relación de dos años con esta persona, que ella decidió romper en mayo al descubrir una infidelidad. Ahora estaban planteándose volver. Él quería regresar al piso donde habían vivido juntos y ahora vivía María con un compañero de piso (al que supongo amigo común de la pareja), pero ella le dijo que todavía no era el momento, algo que según relataba María le enojó en la mañana del día de la agresión cuando se lo comunicó por teléfono.

El policía ofreció a María elegir entre declarar con abogado de oficio o hacerlo sola, pudiendo contar con su abogado más tarde cuando ella lo desee. Ella eligió declarar sola y al día siguiente confiar en su abogado. Policía 1 le indicó que debía esperar allí mismo. Ella aprovechó para hacer varias llamadas. A su madre y a su compañero de piso, al que le comentó en tono de súplica que esperaba que esto no afectara a la convivencia y pudiera seguir viviendo allí con él.

Yo escuché todo aquello acongojado, en silencio, con los ojos encharcados, sintiéndome hasta mal porque hasta que llegó ella me importaba mucho algo material, el valor del bolso que nos habían robado que se llevó los ahorros de unos meses de mi pareja, su único capricho en años, en vez de dar gracias permanentemente por estar relativamente bien con mi vida. Quedé lleno de rabia por lo injusto que es que las vidas de María y su hijo hayan quedado marcadas para siempre por ese cabrón. En ese momento entra otra señora. Más alejada de nosotros, en el mostrador y en voz alta, nerviosa todavía porque se adivina reciente el suceso, explica al policía de recepción que su marido acaba de amenazarla de muerte a ella y a sus hijos. No doy crédito. Por mucho que veo noticias, que lea numerosos relatos de mujeres que narran en redes malos tratos, agresiones, violaciones, micro y macro machismos, el hecho de llevar apenas 20 minutos y encontrarme ante semejante drama, tan cerca y de un modo tan horriblemente cotidiano que se adivinaba en la cara de los policías, hace que me derrumbe y rompa a llorar. Y lloro más cuando me fijo en que ellas que, lejos de llorar como yo, están enteras. Son las agredidas y ya no lloran. Lo que me conmueve es que las imagino enteras porque porque sus almas  están rotas, vacías. Les han arrancado todo lo que tienen dentro y las han machacado por fuera, como si fueran una estatua hueca a la que el tiempo le ha borrado la expresión.

Media hora después Policía 1, ya de uniforme, nos invita a pasar a María y a nosotros dos a la sala de declaraciones. Aunque ella tardó unos segundos en alcanzar la puerta por la que yo ya había pasado, esperé a que también entrara María porque ella no sería capaz de abrirla, ya que llevaba su bolso y los papeles con una mano, porque la otra la tenía escayolada desde los dedos hasta casi el hombro. María declararía con Policía 2, moreno, con barba de pocos días pero muy perfilada, más joven y parece que menos cercano. Tal vez no convenga ser muy cercano para tomar una declaración y así ser objetivo, igual lo mejor es comportarse casi como una máquina. Pero al verles pensé que para antes y después de una declaración y en los intervalos de la misma, es necesario que en un caso de violencia machista se imponga una cercanía que consiga empatizar lo que esas mujeres llevan dentro, especialmente el miedo.

Mientras nosotros ampliábamos con Policía 1, que se encargó de nuestra declaración, datos poco relevantes la declaración hecha por internet, como la marca del bolso o todo lo que contenía (ya que damos por hecho que no vamos a recuperar nada), María le contaba otra vez la historia a Policía 2.

Él tardaba mucho en anotar cada uno de los trozos de relato de María. Entre pasaje y pasaje, haciendo gala de la falta de cercanía que le presumí, se dirigía a ella a veces casi reprendiéndola:

  • Esto del alquiler, hay que cambiarlo, ¡hombre!
  • Ya, es que por eso no le denuncié.
  • Bueno, una cosa no quita la otra, hay que denunciar… pero claro, es que si tiene llaves…
  • No tiene llaves.
  • Ah, no tiene llaves.
  • Sí, ya le he dicho, debió entrar en el portal detrás de algún vecino y yo le abrí pensando en que era alguien que me iba a pedir bajar la música.
  • Bueno, y que me aclare yo, me dices que es tu exnovio y ahora me dices que estabais volviendo. ¿Cómo es eso?

En ese momento Policía 1 acaba con las firmas de nuestra denuncia y mientras cuadra los papeles de todas las copias y los grapa dos a dos, nos dice sonriente y en voz alta, tan alta que María lo oía fácilmente:

  • Qué suerte habéis tenido de pasar, eh! Con dos violencias de género, si os llega a tocar esperar a que acaben las dos, habíais tardado tres horas, porque son larguísimas, jajaja.

Me horrorizó el comentario, más en presencia de María, pero traté de salir del paso con un “ajá”. Nos despedimos y les deseamos buenas noches. Sobre todo a María, aunque ella no lo supiera.

AYER COMPRÉ EN UNA TIENDA DE MI BARRIO

Ayer compré dos bombillas en una tienda de mi barrio.

La tienda de barrio no estaba en Alcorcón, ni en San Sebastián de los Reyes, ni en el Ensanche de Vallecas, estaba en mi barrio.

No me comí una ración de albóndigas a 1,50 € porque no había comida, solo bombillas. Comí en mi casa, porque la tienda estaba en mi barrio.

Fui a comprar el viernes porque si me descuidaba, el sábado por la tarde y el domingo estaría cerrada, porque el señor que me atendió y el dueño de la tienda, que también estaba, descansan el fin de semana. Los dos tienen pinta de ser también del barrio.

Las bombillas costaron 12 €, pero eran de LED. Lo sé, porque al comprarlas me hablaron. El señor que me atendió, que tenía pinta de ser del barrio, me recomendó una para el pasillo y otra diferente para la habitación. Sabía mucho de bombillas.

En la tienda de barrio cogí las bombillas con la mano, no las eché a un carrito. No hacía falta carro porque no había nada más que coger antes de llegar a la caja, solo bombillas. No había flechas en el suelo, ni secciones. Tampoco había caja, se pagaba en el mismo mostrador donde me atendió el señor que sabía mucho de bombillas y tenía pinta de ser del barrio.

Llegué a casa cinco minutos después de salir a por las bombillas. Las puse en la lámpara y comí.

 

Una, larga y blanca.

donald-trump-hillaryDonald Trump se ha convertido en el hombre más poderoso del planeta. Gobernará con una mano en el paquete y con la otra firmando cosas. La mano izquierda en su blanca y probablemente flácida polla. La mano derecha firmando decretos y leyes, que hagan realidad muchas de las barbaridades que prometió en campaña.

Los grandes medios de comunicación y los círculos político económicos, muy demócratas ellos, se muestran muy preocupados por la deriva que puede tomar el mundo durante los cuatro (tal vez ocho) años de gobierno de Donald Trump. Es cierto que el personaje es abominable y su ideología es peligrosa. Pero, ¿es real la amenaza y debemos estar preocupados? ¿Los medios y los políticos tienen miedo de verdad o simplemente es una táctica? Con dos semanas de reposo, trato de reflexionar sobre ello.

Para mí no es ninguna sorpresa el que en un país en el que sigue habiendo pena de muerte sin ni una sola reprimenda internacional, donde la venta de armas es masiva y de fácil alcance, donde la segregación racial sigue siendo imperante, el país de las invasiones, de los bombardeos, de Guantánamo, etc. gane un tipo como Trump. Lo que sí me sorprende es la ceguera de la prensa y el entorno político internacional ante este hecho. La mitad de los estadounidenses que han ejercido su derecho al voto ha convertido a un racista, machista, acosador y defraudador en su presidente. Esto no es más que convertir en carne y hueso al espíritu que gobierna a occidente aún hoy en día: el patriarcado blanco.

Seguimos viviendo en una sociedad extremadamente machista, desigual y racista. En España (más…)

Oda a la cobra

Estrenamos gobierno sin apoyos de sobra,

de corruptos, sobres y tresporcientos de obra.

IBEX  y PSOE arreglan la maniobra

y, de repente,  lo que más importancia cobra,

en un país al que se le supone zozobra,

es si Bisbal, a Chenoa, le hizo la cobra.

 

cobra

DE QUÉ HABLAMOS, CUANDO HABLAMOS DE LUIS, HABLANDO DE CORRER

En apenas dos años cambié tres veces de casa, superé muchos cambios a nivel personal y en mi entorno familiar, monté una empresa, me inicié en múltiples actividades como la música, el teatro, aprendí un idioma nuevo y comencé a correr.

Tal vez, si mi vida no hubiera cambiado tanto no habría empezado a correr. Probablemente, correr sea de todas mi evolución más superficial, pero a la que más tiempo dediqué: entrenamientos, lesiones, consejos, risas, ropa nueva, gadgets, nuevos temas de conversación, afán de superación y comentarios, muchos comentarios: “vaya pintas”, “¿no estás un poco mayor?”, “te vas a hacer polvo las rodillas”.

contra-el-runningMuchos de esos comentarios y algunas preguntas salieron de la boca de Luis de la Cruz (@eltransito), autor del ensayo “Contra el running, corriendo hasta morir en la ciudad postindustrial“, con quien comparto antigua y eterna amistad, próxima a la hermandad, en los últimos años alimentada además por la vecindad. Cada vez que me los hacía, aunque iban cargados de cariñosa ironía, en el fondo parecían albergar un punto de interés. Yo estaba más que seguro que esa atención por el deporte de correr, no iba a llevar a Luis a trotar a mi lado con unas mallas apretadas y una camiseta ajustada de color chillón, cronómetro en muñeca. Por eso algo se olía que tramaba, que tardé tiempo en descubrir.

Cuando me dijo que le habían propuesto escribir este ensayo empecé a entender todo. Luis estaba siguiendo de cerca al runner, como uno de los cada vez más habituales ocupantes de la ciudad de la que Luis es un enfermo estudioso, Madrid, y estaba tratando de conocer el porqué de su proliferación masiva en nuestras calles en los últimos años.

Fui de los que pudo leer un borrador de su ensayo y tal vez el que más polemizó con él. Claro que Luis, polemista innato (al que de broma siempre le otorgo la capacidad de estar a la vez en contra de dos que entre sí están en contra), había conseguido su objetivo. Tras una primera lectura en diagonal y después de felicitar a Luis por lo bien documentado y escrito que encontré su texto, mi mayor debate fue el título, que contenía la aparentemente agresiva frase “Contra el Running”. Como habitual corredor, me sentí aludido. Tras una segunda lectura más reposada del texto ya definitivo y con cierto paso del tiempo y de evolución personal, he de “envainármela” y simpatizar no sólo con el texto, sino entender lo que Luis pretende con el título.

La reflexión global del ensayo, no solo se ciñe en la práctica de un corredor cualquiera que desee despejarse o ponerse en forma cuando calza sus zapatillas a lo que nadie puede dotar de connotaciones negativas, sino en cómo, dónde, con quién y cuándo lo hace, el uso del espíritu de superación que parece se exige al ponerse a correr hoy en día, el modo en el que se practica ese deporte según clase social y sexo y el grado de exhibición de los resultados del mismo. La reflexión no se queda únicamente en la práctica del running, sino que analiza el comportamiento del individuo en el espacio urbano y la ocpuación del mismo en la sociedad actual, frente a lo que antes significaba el salir a hacer footing o mejor aún, salir a correr.

san-silvestreCon todo ello, el autor no pretende ni mucho menos convencernos para colgar las zapatillas, sino que investiga y razona el camino que ha llevado a que en cada San Silvestre, 40.000 almas paguen 23 € para lucir el logo de Nike sobre una camiseta de color fosforito, para después pasearlo por los parques de nuestra ciudad durante todo el año siguiente. Es indudable que estamos ante un fenómeno que, como cita el autor, mueve un volumen de negocio de 300 millones de euros al año en España y practican unos dos millones y medio de personas en nuestro país. Las ventas de zapatillas se han doblado entre 2009 y 2013.

El libro, aunque especialmente a los corredores nos hará discrepar en alguno de sus planteamientos, nos invita a practicantes y no practicantes a reflexionar sobre los devastadores efectos del capitalismo sobre ésta y cualquier práctica extralaboral, frente a los que, a quienes nos gustaría escapar de ellos, nos hace enfrentarnos a constantes contradicciones. En mi evolución sobre la práctica de salir a correr de la que antes hablaba, por ejemplo, he decidido no correr ninguna carrera cuyo único motivo sea un patrocinio, únicamente las que se desarrollen con un motivo o en un entorno que signifique algo para mí, como la popular de mi barrio (Tetuán), la organizada en mi lugar infantil de veraneo (Pedestre de Guadarrama) o la San Silvestre Vallecana, porque he convertido en tradición en correrla con mi hermano, por supuesto sin inscripción para promocionar a Nike y sí con la camiseta del Rayo Vallecano para recibir la gloria del público al enfilar la cuesta de la Avenida de la Albufera.

Con estas contradicciones nos enfrentamos todos los días por innumerables motivos. Por los horarios de nuestros trabajos, cuando nos vemos comprando una camiseta made in Bangladesh, usando un móvil con coltán de más que probable cruento origen, cuando vamos a tomar un aperitivo y nos encontramos con que lo llaman brunch, cuando nos pedimos una ginebra con cosas en un afterwork y hasta el propio autor del ensayo, cuando me lo cruzo en el barrio yendo a comprar a un súper abierto en domingo con una lata de Coca-Cola en la mano. Pero los que como él y como yo queremos algún día vivir sin tener que sentirnos mal por nada de lo que hacemos, en una ciudad con espacio diseñado por los ciudadanos y no por y para las empresas, nos vemos obligados a reflexionar y a compartirlo.

Y los que saben escribir y documentarse como Luis van y sacan un libro editado por Piedra Papel Libros, que podéis comprar por solo 6€, menos de lo que cuesta apuntarse a cualquier carrera. Os lo recomiendo, corráis o no.

Lo barato sale caro. AURGI.

“Lo barato sale caro”. A pesar de estar avisados de esta sentencia por el refranero y la sabiduría popular, caemos en ella una y otra vez, tal vez embriagados con las posibilidades de ahorro. Más incomprensible es caer en ella si la promesa viene por parte de Mario Vaquerizo y Rebeca. Pero a todos se nos ha metido durante un rato la cancioncilla en la cabeza del anuncio de televisión de Aurgi: “me voy a Aurgi, no hay un precio igual, no hay un precio igual…” y yo fui de esos tontos que cayó.

aurgi

Mi coche sonaba al frenar desde hace tiempo y uno, que no sabe de mecánica, para estas cosas busca un taller de confianza de esos en los que se cumpla lo de “al menos que sepa que no me engañan”. El último taller que cumplía estos mínimos, al lado de mi anterior oficina, me quedaba muy lejos. Recurrí a gente cercana y me recomendaron uno por mi barrio.

“Las pastillas”, me dijo, casi sin verlo. Le pedí precio de la reparación y de una revisión global del coche (que ya tocaba) y me pareció bastante elevado. “Es de confianza, será lo que cuesta”, pensé. Me emplazó para dejarle el coche el sábado, pero al despedirse se esfumó mi confianza cuando me sugirió que estábamos hablando de precios sin factura y sin IVA. Aunque me produzca ahorro inmediato, no quiero colaborar ni lo más mínimo con el fraude, así que como no quería tardar mucho en repararlo, decidí preguntar en Aurgi.

Sábado por la mañana. Me dirigí a su taller de Serrano. “Pastillas y discos delanteros”, dijeron casi sin verlo. Pido precio de la revisión (filtros y líquidos principales) y la reparación y aunque me han metido de más los discos (ya no sé si de clavo), el precio es poco mayor  que el del otro taller, sumando el IVA, cosa que deja en paz mi conciencia con Hacienda y decido aceptar. “Pásate el martes al medio día”, dijeron. A la hora suena el teléfono. No encuentran el tornillo antirrobo de las ruedas. Les indico dónde está.

Martes a las 14:00 y el coche no está terminado. Intuyo que casi ni han empezado. “Tienes que esperara a que te llamemos para avisarte”, me dijeron, lo que se contradice con el “pásate el martes al mediodía”. Vuelvo a las 19:00. El interior del coche está completamente desordenado, todo los trastos y papeles del maletero, que son muchos (lo reconozco, acumulo cosas de más) y de la guantera revueltos por el suelo y los asientos del vehículo. No le doy mayor importancia, con tal de llevarme el coche. Llego a casa y el ruido al pisar el freno vuelve a aparecer. Al día siguiente llamo y me invitan a que lo lleve de nuevo.

En lo que voy al taller, reparo en que no sé dónde está el tornillo antirrobo. Al llegar, los mecánicos escuchan sin que les diga nada el sonido que tiene el coche. Esta vez miran el coche durante un minuto con una linterna y me dicen que hay que cambiar también las pastillas traseras. Le comento al jefe de taller, muy cabreado por tener que volver, que además del olvido de revisar los frenos traseros, me he encontrado el coche revuelto y no encuentro el tornillo. Se excusa diciendo “un momento”. Se acerca a un empleado del taller, le habla al oído y va hasta un banco de herramientas. Vuelve con algo escondido que le brilla en la mano. Abre el maletero, hace que lo revuelve y me dice “su tornillo, caballero”. No daba crédito. Me había tratado de engañar. Se les olvidó devolverme el tornillo antirrobo y en mi cara trató de hacerme un truco al estilo “que te robo la nariz”, como si tuviera dos años. Le digo “eso lo llevabas en la mano, te he visto, me estás engañando”. Despotricó sobre sus compañeros del sábado, diciendo que lo hacen todo mal y le dije “qué tiene que ver eso con que me engañes en mi cara”. “Lo he hecho por vergüenza, caballero”, dice. Le exijo que no me cobre mano de obra por el montaje de las pastillas traseras, ya que lo tenían que haber detectado previamente, a lo que accede.

Tras tener que volver al taller una hora y media después, me llevo el coche y en principio, todo bien, sin ruidos. Pero todo no había acabado. Unos días más tarde, cuando alcanzo más de 100 km/h (durante los días anteriores había conducido por ciudad), noto una vibración grande de las ruedas, que se transmite al volante.

Todo este tiempo había estado escribiendo a atención al cliente, que me hacía poco caso, aunque mi cabreo era creciente. El primer día me atendieron con un mail para quitarme de encima, con faltas de ortografía bien graves, algo que me chocó mucho viniendo de atención al cliente. Tras sucesivas comunicaciones lo más que me llegaron a ofrecer fue un 10% en futuras compras. Me entró la risa… futuras compras, dice. Cuando les volví a contactar por esta vibración, noto que me empiezan a tomar en serio. Me contactan diciendo que han hablado con el jefe de taller (el frustrado mago del tornillo) y que puedo llevarlo cuando quiera que me atenderán de inmediato.

El jefe de taller me ofrece una atención inusual, que entiendo que viene tras haber recibido un toque de algún superior al conocer el caso. Me indica que me tienen que hacer el equilibrado de las ruedas, ya que es posible que se les cayera un plomo al colocarlas la última vez. Espero durante 40 minutos en una sala y me avisan de que está el coche. “Su tornillo antirrobo, señor” me dice, no sé si con arrepentimiento de lo sucedido la anterior ocasión o con cierta sorna. Salgo de allí en cuanto puedo y pienso que el capítulo está cerrado.

Pasan varios días sin problemas, aunque la verdad que cojo bastante poco el coche. Me voy una semana de vacaciones a Asturias y el coche, ya en el viaje de ida, vuelve a sonar al frenar si cabe, más que antes. Desesperado tengo que aguantar un insoportable ruido al subir y bajar puertos de montaña cada vez que pisaba el freno, sin saber si mi novia y yo estábamos corriendo algún riesgo.

Cabreadísimo, al volver a Madrid, escribo a atención al cliente. Les digo que quiero que me arreglen el problema de una vez y que, si es posible, que no sea en el taller de Serrano porque no quiero verles más la cara. Me invitan a llevar el coche al taller de Chamartín, donde me encuentro una atención excepcional del jefe de taller, aunque me hiciera esperar bastante. Salimos juntos a dar una vuelta para mostrarle el ruido. Como suele pasar en estos casos, el ruido no aparece. Vueltas y vueltas y nada. Al llegar al taller, aparece levemente el ruido, suficiente para que no me tomaran por loco. No ven nada a simple vista, pero me desmontan las ruedas para comprobar el sistema de frenado. Detectan que me habían montado mal las pastillas traseras. Se confirma que la atención de Serrano había sido desastre, tras desastre.

Salimos a dar otra vuelta para ver si se subsanó el problema y me alerta de otro ruido distinto que tiene el coche. Me dice que con toda seguridad es el manguito del filtro del aire. Le comento que el filtro del aire había sido cambiado por Aurgi Serrano a la vez que las pastillas y discos delanteros. Me comenta que puedo volver cualquier día que me venga bien esperar allí un rato, ya que el coche debe estar frío y me lo arregla sin problemas.

Pasados unos días, me acerco y cuando el coche está frío para hacer la reparación, el director de taller de Chamartín abre el capó y se echa las manos a la cara. Me llama y me indica que no es que tenga el manguito del filtro del aire suelto, es que no tengo filtro de aire, por lo que me he estado poniendo en riesgo el motor todo este tiempo. No doy crédito.

Coincide que hay una persona de postventa de Aurgi y deciden entre ambos realizar la revisión completa de nuevo, porque ya no se sabe lo que está hecho y lo que no de todo lo que pagué en la revisión de filtros y líquidos. Tras haber que tenido que anular una reunión de trabajo, marcho a casa y vuelvo por la tarde para llevarme el coche, esperando que se la última vez que piso un Aurgi y a que me contesten de atención al cliente ya que, en respuesta de mis últimos mails amenazantes, me prometieron una compensación económica y devolverme lo 19,50 € que detecté, me habían cobrado de más en una factura.

Pasados 18 días, no sé nada de ellos y vuelvo a escribirles. Su respuesta es que han estudiado mi caso y que me ofrecen el 15% de descuento en próximas compras, lo que para ellos es un grandísimo esfuerzo, dicen, ya que suelen ofrecer el 10%. Me invitan además a pasarme por Aurgi Serrano, el taller de la magia y los horrores a que me abonen el dinero indebidamente cobrado. Por supuesto que les mando a la mierda en cuanto el descuento se refiere, ya que no pienso volver a un Aurgi y les exijo el pago de una factura indebidamente cobrada. No creo que yo deba pasar por taller alguno a cobrar ese dinero, para lo cual les doy el número de cuenta.

Por último, les amenazo con denunciarlo en las redes sociales. Y en eso estoy. Si has llegado hasta aquí, perdón por el rollo y si quieres, comparte. Lo agradeceré, por lo menos para que se sepa.

Este es el resultado del objetivo de muchas empresas de ser el más barato, como reza su eslogan. Un trato lamentable al cliente, de mínimos. Si no se quejan, perfecto, han tragado. La culpa no es de sus empleados, ni siquiera del mecánico que trató de engañarme. La culpa es de Aurgi, o sea, sus directivos, que no establecen estándares de calidad ni protocolos de revisión de los vehículos suficientes para dar un buen servicio. Únicamente les interesa ser los más baratos, a costa de lo que sea: baja calidad, nefasta atención al cliente, revetar el mercado, etc. Tal vez por ello el mecánico de barrio ofrece a veces precios sin IVA, porque así, no puede  competir.

Ya os digo yo, es verdad eso de que lo barato sale caro. He tenido que ir diez veces al taller, he sido engañado, me han cobrado mal, han puesto en riesgo a mi coche y a mi seguridad. Aurgi está al nivel de caspa de Mario y Rebeca. Nunca más.

Cuando fuimos ganando

Rayo Real MadridRayo Vallecano – Real Madrid. En el minuto 14 íbamos ganando 2-0 los de Vallecas. Increíble. Parecía que estaba más cerca lo que siempre soñamos cuando jugamos contra un grande, ganarles algún día. Siempre empezamos jugando mejor ya que Paco Jémez, tal vez el entrenador más valiente de primera división, obliga a sus jugadores a jugar igual de ofensivo sin importar el rival ni el resultado. Sabemos que es difícil hacer gol a estos equipos. Sus jugadores, además de tener una calidad extrema, tienen una condición atlética insuperable.

Así pasa muchas veces en la vida. Alguien consigue que nos creamos que lo tenemos. Dejan que nos ilusionemos. Que nos pongamos 1-0. Incluso 2-0. Sabemos que es difícil terminar ganando, que seamos los ciudadanos y las personas las que ganemos. Que lo más importante sea nuestro bien estar o como mínimo nuestra salud. O por lo menos la educación de los más pequeños. O siquiera tener qué llevarse a la boca.

Pero no, el poder juega con nosotros.

Aquel sábado mientras mandaba mensajes a amigos madridistas con la foto del 2-0 en el marcador, sabía que probablemente el Rayo Vallecano acabaría perdiendo. Pero quería disfrutar de ese momento. Con el 2-1 y con el 2-2, que seguía convalidando como heroicidad, creció el nerviosismo. Con el 2-3 sólo quedaba la esperanza de “y si al menos metiéramos otro, aunque fuera en un descuido”. Mientras lo esperábamos, nos contentábamos gritando señalando con el dedo a los Ultra Sur “todos los fachas, fuera de mi barrio”.

No llegó el gol. Los humildes siempre pierden.

La mujer que limpia para el centro de oficinas en el que trabajo lleva seis meses sin cobrar. Su jefa dice que solo le debe uno. El día de su cumpleaños le cortaron la luz porque no puede pagarla. Tuvo que pedir una pizza que para ella es carísima, para comerla con su hija y su nieto con quienes vive. A los dos días nos decía que solo quería cobrar para mandar dinero a sus familiares cuya casa se destrozó en Ecuador por el terremoto. ¿Qué salida tiene? Seguir trabajando gratis, a ver si algún día cobra una parte de su deuda. Mientras, esclavismo.

Nos dijeron que llegaba la vacuna de la Hepatitis C. Viene pronto, en breve. Ya está aquí, en muy poco tiempo la suministraremos. Ya la estamos suministrando, pero aquí no, paciencia. Ya la suministramos aquí, pero a usted no, espere. No me pregunte, sólo aguante. Vaya… por poco…se murió. ¿Cuántos enfermos se han muerto creyendo que llegaría el medicamento? Asesinos.

España es precaria. Es mentira que haya recuperación. Cada vez hay más becarios el 61% no cobra y el 73% de los que cobran dicen que la beca no sufraga gastos mínimos. Yo tengo una empresa. Tengo una becaria. En el convenio con su universidad me daba a elegir si la práctica era remunerada o no. Si lo era, yo decido lo que quiero pagar. Vergüenza. Si hubiera querido, tendría una esclava. En España se calcula que hay 180.000 jóvenes esclavos sin cobrar ni un duro.

Conozco muchos casos cerca de mí de precariedad laboral de mujeres formadas y con experiencia. Su problema: estar presuntamente cerca de que se les pase por la cabeza tener hijos. Encima, tienen que aguantar las preguntas ilegales: “tienes pareja?” o “tienes hijos?”, sin poder contestar como se merecen, por si aún quedan opciones de conseguir el puesto en esa entrevista. Discriminación.

Nos dicen que es una pena la foto del niño muerto en la playa, que vamos a hacer algo con los refugiados. Decimos que vendrán 17.000 y vienen 17, pero bueno, nos piden paciencia a los que nos indigna y mientras los colocamos en Turquía por cuatro duros a los que podamos y los que no, que se ahoguen como el niño muerto. Asesinos.

Y así podría seguir. Nos dicen en el telediario que hay recuperación, o sea, que vamos ganando 2-0. Pero cuando miramos hacia otro lado nos meten tres goles y nos vamos a casa perdiendo, una vez más.

Nos toca votar y nos dicen los sondeos que vamos reventar las previsiones. Algo va a cambiar. Ya no van a gobernar. Es mentira. No queríamos que nos gobernara ni PSOE ni PP. Tal vez nos gobiernen los dos. Nos dejaron ir ganando. Nos empataron. Y cuando quisieron, nos ganaron.

Martín Presa FlorentinoCuando metimos el 2-0 comenzó a diluviar. Los poderosos tenían cobijo. El presidente del Rayo se empapaba, como mis amigos y yo en nuestra zona de la grada. Mientras, el magnate Florentino utilizaba su acogedor paraguas. Parecía un aviso, como si de lo que estábamos disfrutando mereciera un castigo. Cuando comenzó la remontada madridista salió el sol. Parecía todo en su sitio de nuevo.

Hemos bajado a segunda. Me refiero al Rayo Vallecano. A España también.

Creo que pronto volveremos. Y cuando volvamos, os empataremos. Y después de empataros, os ganaremos. Me refiero al Rayo Vallecano. A España también.

 

El Ministro del Interior no es Cristiano

  cristiano-belenSi se hubiera filtrado una grabación de algún periodista del corazón o deportivo urdiendo algún montaje contra Belén Esteban o Cristiano Ronaldo, en España no se hablaría de otra cosa. Si fuera sobre el madridista, el presidente del gobierno además estaría enterado porque el Marca lo llevaría en portada. Todas las televisiones hablarían de ello. Habría especiales, polígrafos, denuncias, debates, juicios mediáticos y reales. El país estaría patas arriba.

Pero no, no es el caso. Las grabaciones que son noticia son silenciadas en la televisión pública. En algunas privadas son noticia, pero tapada y contrarrestada a continuación con una noticia de la omnipresente Venezuela (que todos olvidarán el día 27 de junio). Sólo cuatro tuiteros tratan de hacer el ruído que hace en unos pocos que el asunto sea trending topic durante un día.

Las grabaciones destapadas por Público pertenecen al Ministro del Interior intentando encontrar pruebas contra los partidos independentistas catalanes. El director de la Policía y la Guardia Civil. Ese que dice que tiene un ángel que se llama Marcelo que le ayuda en todo lo que hace, sobre todo para que no le pongan multas. El que da medallas a las viírgenes. El que nombra comisiario honorifico a Francisco Marhuenda. El que es responsable de varios de los informes filtrados sin sello ni origen claro, que la prensa cómplice airea sin comprobar su veracidad para intentar dañar a Podemos. El responsable de los guardias civiles que dispararon balas de goma en el agua a los quince inmigrantes que se estaban ahogando. El que se inventó que el día del asesinato de Jimmy había bukaneros. El hombre en cuyo mandato se ha detenido a Alfon, anarquistas, tuiteros, cantantes y titiriteros.

La publicación de las grabaciones supone probablemente el escándalo más grave conocido en la Administración pública después de los GAL. El responsable de la seguridad nacional tramando planes para cargarse mediáticamente a adversarios políticos. Nadie dimite.

Screenshot_20160623-231814~2El domingo Jorge Fernández Díaz es el responsable del traslado y recuento de nuestros votos. Él no se va. Su jefe no le va a echar. De nosotros depende que cuando termine de contar los votos, tenga que hacer las maletas y se vaya a su casa.

Echemos a los cerdos de la pocilga en la que han convertido este país. Saquemos a las ratas de las cloacas mediáticas.