Me importa un pito

Recuerdo que de vuelta al hotel una tarde en mi viaje de fin de curso, llevando colgada a modo de capa una bandera de España que acababa de comprarme en un mercadillo de Venecia, un profesor me dijo “anda, quítate ese trapo que llevas ahí”, a lo que le contesté (sabiendo que la mayoría de profesores de mi colegio eran afines al nacionalismo vasco), “un respeto, esto es una bandera, ya sé que a usted le da igual, pero a mí no”. Me contestó “mira chaval, estuve durante años de misiones en África y cuando finalicé, antes de volver a casa, tuve que pasar unos días por Alemania, donde en un despacho de un español, vi en su mesa una banderín de España. Al verlo, después de tanto tiempo alejado de mi tierra y los míos, se me saltaron las lágrimas. Eso, es una bandera. Lo que llevas tú ahí es un trapo”.

Con apenas 16 años, en ese curso (3º de BUP) había tenido que posicionarme en uno de los dos bandos que se formaron tácitamente en clase: “fachas” y “anarcas” y temporalmente había elegido la primera categoría tal vez porque, al contrario que ahora, era un tipo al que no le gustaba meterse en fregados y me pareció el bando más cómodo, por eso me pareció buena idea comprarme aquella bandera. Las sabias palabras de aquel profesor me hicieron reflexionar y pronto abandoné el bando, especialmente cuando comprendí que solo merecía la pena luchar por las personas y no por los símbolos. Para mí a día de hoy una bandera vacía de significado es un trapo. Un himno para mí no es más que una canción. Respeto a la gente que en una determinada circunstancia un himno o bandera le despierta un sentimiento a favor o en contra. Ni lo comparto, ni soy capaz de sentirlo, pero sé que en muchos otros ámbitos un símbolo o una canción a mí mismo me despiertan emociones, que son seguro incomprendidas por gente que no las siente.

peineta reyEn los últimos días, han sido noticia los pitos que muchos de los asistentes a la final de la Copa del Rey de fútbol en entre el Barcelona y el Athletic de Bilbao profirieron al himno de España y al Rey Felipe VI. Se ha considerado por gran parte de la prensa deportiva y general como una gran falta de respeto y ofensa. En este tiempo ha sido imposible evadir el debate, por lo que voy a contar reflexiones sobre este hecho y sus consecuencias. Por un lado, a mí que “me importa un pito” el himno, la bandera, los propios pitos y el Rey, que no solo es que no me importe, sino que me parece una figura anacrónica e inaceptable, el hecho de la pitada me deja indiferente. Pero es de ley en estos casos ponerse en la piel de las posiciones encontradas que son parte del debate.

Empezando por el bando ofendido por los pitos, encuentro en él a mucha gente cercana que llena su muro de Facebook o tuitea comentarios o noticias poniendo el grito en el cielo por semejante afrenta a los símbolos patrios. Sobre ellos cabría mi comprensión si no fuera por lo siguiente. Observo con preocupación el ruido mediático que son capaces de provocar sobre unos silbidos que duran apenas un minuto y cómo ninguno de ellos se sorprendería si segundos después, el primer cántico del partido llevara las expresiones como “hijo de puta” o “cabrón” refiriéndose al árbitro, un jugador o la hinchada rival. Peor me deja el no haber visto a estas personas hacer ni una sola mención de condena a los gritos que enaltecían a Rubén Castro, acusado por violencia machista, el desmesurado racismo presente en el fútbol, especialmente en campos supuestamente señoriales como el Santiago Bernabéu o el grito de “vascos hemos venido a apuñalaros, el resultado nos da igual”, gritado en el Vicente Calderón cada vez que juega un equipo vasco o navarro, estadio en el que grupos nazis ya han ejecutado esta amenaza. Esos hechos me parecen de una gravedad tan extrema que creo que lo único que podemos hacer al conocerlos es denunciarlos para que no vuelvan a suceder. Sin embargo son pasados por alto y asumidos con normalidad por la mayoría. Mi conclusión es que esta pasión que en principio me parece respetable, pone a los símbolos por delante de las personas. No logro entenderlo.

Pasándome de bando, como persona indiferente a los símbolos identitarios, tampoco entiendo el fervor nacionalista. Sin embargo, intentando ponerme en la piel de quien sí tiene ese sentimiento, llego a una conclusión. El independentismo presente en España no tiene fácil salida. El puebllo vasco no aprobó la Constitución en 1978, pero se tiene que acoger a ella. Como argumento se esgrime que fue una decisión de todos los españoles. A la discutible autoridad que da la decisión del voto del total de ciudadanos de España fuera favorable, hay que añadir que solo han votado la constitución aquellos que tienen hoy en día más de 55 años. Por otro lado, en Cataluña tratan de hacer una consulta (no se me ocurre método más democrático) cuya validez es anulada sistemáticamente, precisamente amparándose en el mismo marco constitucional. Es por ello que no me sorprende que si una vez al año a miles de personas seguidoras de un club de fútbol, que a la vez son independentistas, les pones el himno del país del que quieren separarse, en honor al Rey que no aceptan, aprovechen para hacerse visibles durante ese minuto.

Lo que me parece indiscutible es que nadie (ni persona, ni estado) deba tener el derecho de imponer la solemnidad con la que nos tenemos que mirar a una bandera o escuchar un himno, en definitiva, un símbolo. Es por esto que me parece bien que uno aplauda y otro pite, que unos miren, lloren o se rían y otros no. Creo que en lo único que nos debemos emplear con pasión es en el respeto a las personas y no a los símbolos. Por eso no entiendo y me da asco que se abran los informativos con la pitada a Felipe VI y no sean ni noticia breve, las desgracias de las personas que no tienen atención médica, son desahuciadas o mueren de hambre junto a los estadios y los palacios, banderas y tronos a los que tanto respeto nos exigen.

Insisto que soy indiferente ante las banderas y las naciones y que sin respetar lo que representan, respeto a los que sí les despiertan pasión o rechazo. Eso sí, dejaré de respetarles mientras sospeche que les importan más los símbolos que las personas y la verdad es que sospecho cada día de más gente.

Y os digo una cosa por si os sirve. Desde que me importa un pito todo esto, vivo mucho más feliz.

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