Lo barato sale caro. AURGI.

“Lo barato sale caro”. A pesar de estar avisados de esta sentencia por el refranero y la sabiduría popular, caemos en ella una y otra vez, tal vez embriagados con las posibilidades de ahorro. Más incomprensible es caer en ella si la promesa viene por parte de Mario Vaquerizo y Rebeca. Pero a todos se nos ha metido durante un rato la cancioncilla en la cabeza del anuncio de televisión de Aurgi: “me voy a Aurgi, no hay un precio igual, no hay un precio igual…” y yo fui de esos tontos que cayó.

aurgi

Mi coche sonaba al frenar desde hace tiempo y uno, que no sabe de mecánica, para estas cosas busca un taller de confianza de esos en los que se cumpla lo de “al menos que sepa que no me engañan”. El último taller que cumplía estos mínimos, al lado de mi anterior oficina, me quedaba muy lejos. Recurrí a gente cercana y me recomendaron uno por mi barrio.

“Las pastillas”, me dijo, casi sin verlo. Le pedí precio de la reparación y de una revisión global del coche (que ya tocaba) y me pareció bastante elevado. “Es de confianza, será lo que cuesta”, pensé. Me emplazó para dejarle el coche el sábado, pero al despedirse se esfumó mi confianza cuando me sugirió que estábamos hablando de precios sin factura y sin IVA. Aunque me produzca ahorro inmediato, no quiero colaborar ni lo más mínimo con el fraude, así que como no quería tardar mucho en repararlo, decidí preguntar en Aurgi.

Sábado por la mañana. Me dirigí a su taller de Serrano. “Pastillas y discos delanteros”, dijeron casi sin verlo. Pido precio de la revisión (filtros y líquidos principales) y la reparación y aunque me han metido de más los discos (ya no sé si de clavo), el precio es poco mayor  que el del otro taller, sumando el IVA, cosa que deja en paz mi conciencia con Hacienda y decido aceptar. “Pásate el martes al medio día”, dijeron. A la hora suena el teléfono. No encuentran el tornillo antirrobo de las ruedas. Les indico dónde está.

Martes a las 14:00 y el coche no está terminado. Intuyo que casi ni han empezado. “Tienes que esperara a que te llamemos para avisarte”, me dijeron, lo que se contradice con el “pásate el martes al mediodía”. Vuelvo a las 19:00. El interior del coche está completamente desordenado, todo los trastos y papeles del maletero, que son muchos (lo reconozco, acumulo cosas de más) y de la guantera revueltos por el suelo y los asientos del vehículo. No le doy mayor importancia, con tal de llevarme el coche. Llego a casa y el ruido al pisar el freno vuelve a aparecer. Al día siguiente llamo y me invitan a que lo lleve de nuevo.

En lo que voy al taller, reparo en que no sé dónde está el tornillo antirrobo. Al llegar, los mecánicos escuchan sin que les diga nada el sonido que tiene el coche. Esta vez miran el coche durante un minuto con una linterna y me dicen que hay que cambiar también las pastillas traseras. Le comento al jefe de taller, muy cabreado por tener que volver, que además del olvido de revisar los frenos traseros, me he encontrado el coche revuelto y no encuentro el tornillo. Se excusa diciendo “un momento”. Se acerca a un empleado del taller, le habla al oído y va hasta un banco de herramientas. Vuelve con algo escondido que le brilla en la mano. Abre el maletero, hace que lo revuelve y me dice “su tornillo, caballero”. No daba crédito. Me había tratado de engañar. Se les olvidó devolverme el tornillo antirrobo y en mi cara trató de hacerme un truco al estilo “que te robo la nariz”, como si tuviera dos años. Le digo “eso lo llevabas en la mano, te he visto, me estás engañando”. Despotricó sobre sus compañeros del sábado, diciendo que lo hacen todo mal y le dije “qué tiene que ver eso con que me engañes en mi cara”. “Lo he hecho por vergüenza, caballero”, dice. Le exijo que no me cobre mano de obra por el montaje de las pastillas traseras, ya que lo tenían que haber detectado previamente, a lo que accede.

Tras tener que volver al taller una hora y media después, me llevo el coche y en principio, todo bien, sin ruidos. Pero todo no había acabado. Unos días más tarde, cuando alcanzo más de 100 km/h (durante los días anteriores había conducido por ciudad), noto una vibración grande de las ruedas, que se transmite al volante.

Todo este tiempo había estado escribiendo a atención al cliente, que me hacía poco caso, aunque mi cabreo era creciente. El primer día me atendieron con un mail para quitarme de encima, con faltas de ortografía bien graves, algo que me chocó mucho viniendo de atención al cliente. Tras sucesivas comunicaciones lo más que me llegaron a ofrecer fue un 10% en futuras compras. Me entró la risa… futuras compras, dice. Cuando les volví a contactar por esta vibración, noto que me empiezan a tomar en serio. Me contactan diciendo que han hablado con el jefe de taller (el frustrado mago del tornillo) y que puedo llevarlo cuando quiera que me atenderán de inmediato.

El jefe de taller me ofrece una atención inusual, que entiendo que viene tras haber recibido un toque de algún superior al conocer el caso. Me indica que me tienen que hacer el equilibrado de las ruedas, ya que es posible que se les cayera un plomo al colocarlas la última vez. Espero durante 40 minutos en una sala y me avisan de que está el coche. “Su tornillo antirrobo, señor” me dice, no sé si con arrepentimiento de lo sucedido la anterior ocasión o con cierta sorna. Salgo de allí en cuanto puedo y pienso que el capítulo está cerrado.

Pasan varios días sin problemas, aunque la verdad que cojo bastante poco el coche. Me voy una semana de vacaciones a Asturias y el coche, ya en el viaje de ida, vuelve a sonar al frenar si cabe, más que antes. Desesperado tengo que aguantar un insoportable ruido al subir y bajar puertos de montaña cada vez que pisaba el freno, sin saber si mi novia y yo estábamos corriendo algún riesgo.

Cabreadísimo, al volver a Madrid, escribo a atención al cliente. Les digo que quiero que me arreglen el problema de una vez y que, si es posible, que no sea en el taller de Serrano porque no quiero verles más la cara. Me invitan a llevar el coche al taller de Chamartín, donde me encuentro una atención excepcional del jefe de taller, aunque me hiciera esperar bastante. Salimos juntos a dar una vuelta para mostrarle el ruido. Como suele pasar en estos casos, el ruido no aparece. Vueltas y vueltas y nada. Al llegar al taller, aparece levemente el ruido, suficiente para que no me tomaran por loco. No ven nada a simple vista, pero me desmontan las ruedas para comprobar el sistema de frenado. Detectan que me habían montado mal las pastillas traseras. Se confirma que la atención de Serrano había sido desastre, tras desastre.

Salimos a dar otra vuelta para ver si se subsanó el problema y me alerta de otro ruido distinto que tiene el coche. Me dice que con toda seguridad es el manguito del filtro del aire. Le comento que el filtro del aire había sido cambiado por Aurgi Serrano a la vez que las pastillas y discos delanteros. Me comenta que puedo volver cualquier día que me venga bien esperar allí un rato, ya que el coche debe estar frío y me lo arregla sin problemas.

Pasados unos días, me acerco y cuando el coche está frío para hacer la reparación, el director de taller de Chamartín abre el capó y se echa las manos a la cara. Me llama y me indica que no es que tenga el manguito del filtro del aire suelto, es que no tengo filtro de aire, por lo que me he estado poniendo en riesgo el motor todo este tiempo. No doy crédito.

Coincide que hay una persona de postventa de Aurgi y deciden entre ambos realizar la revisión completa de nuevo, porque ya no se sabe lo que está hecho y lo que no de todo lo que pagué en la revisión de filtros y líquidos. Tras haber que tenido que anular una reunión de trabajo, marcho a casa y vuelvo por la tarde para llevarme el coche, esperando que se la última vez que piso un Aurgi y a que me contesten de atención al cliente ya que, en respuesta de mis últimos mails amenazantes, me prometieron una compensación económica y devolverme lo 19,50 € que detecté, me habían cobrado de más en una factura.

Pasados 18 días, no sé nada de ellos y vuelvo a escribirles. Su respuesta es que han estudiado mi caso y que me ofrecen el 15% de descuento en próximas compras, lo que para ellos es un grandísimo esfuerzo, dicen, ya que suelen ofrecer el 10%. Me invitan además a pasarme por Aurgi Serrano, el taller de la magia y los horrores a que me abonen el dinero indebidamente cobrado. Por supuesto que les mando a la mierda en cuanto el descuento se refiere, ya que no pienso volver a un Aurgi y les exijo el pago de una factura indebidamente cobrada. No creo que yo deba pasar por taller alguno a cobrar ese dinero, para lo cual les doy el número de cuenta.

Por último, les amenazo con denunciarlo en las redes sociales. Y en eso estoy. Si has llegado hasta aquí, perdón por el rollo y si quieres, comparte. Lo agradeceré, por lo menos para que se sepa.

Este es el resultado del objetivo de muchas empresas de ser el más barato, como reza su eslogan. Un trato lamentable al cliente, de mínimos. Si no se quejan, perfecto, han tragado. La culpa no es de sus empleados, ni siquiera del mecánico que trató de engañarme. La culpa es de Aurgi, o sea, sus directivos, que no establecen estándares de calidad ni protocolos de revisión de los vehículos suficientes para dar un buen servicio. Únicamente les interesa ser los más baratos, a costa de lo que sea: baja calidad, nefasta atención al cliente, revetar el mercado, etc. Tal vez por ello el mecánico de barrio ofrece a veces precios sin IVA, porque así, no puede  competir.

Ya os digo yo, es verdad eso de que lo barato sale caro. He tenido que ir diez veces al taller, he sido engañado, me han cobrado mal, han puesto en riesgo a mi coche y a mi seguridad. Aurgi está al nivel de caspa de Mario y Rebeca. Nunca más.