DE QUÉ HABLAMOS, CUANDO HABLAMOS DE LUIS, HABLANDO DE CORRER

En apenas dos años cambié tres veces de casa, superé muchos cambios a nivel personal y en mi entorno familiar, monté una empresa, me inicié en múltiples actividades como la música, el teatro, aprendí un idioma nuevo y comencé a correr.

Tal vez, si mi vida no hubiera cambiado tanto no habría empezado a correr. Probablemente, correr sea de todas mi evolución más superficial, pero a la que más tiempo dediqué: entrenamientos, lesiones, consejos, risas, ropa nueva, gadgets, nuevos temas de conversación, afán de superación y comentarios, muchos comentarios: “vaya pintas”, “¿no estás un poco mayor?”, “te vas a hacer polvo las rodillas”.

contra-el-runningMuchos de esos comentarios y algunas preguntas salieron de la boca de Luis de la Cruz (@eltransito), autor del ensayo “Contra el running, corriendo hasta morir en la ciudad postindustrial“, con quien comparto antigua y eterna amistad, próxima a la hermandad, en los últimos años alimentada además por la vecindad. Cada vez que me los hacía, aunque iban cargados de cariñosa ironía, en el fondo parecían albergar un punto de interés. Yo estaba más que seguro que esa atención por el deporte de correr, no iba a llevar a Luis a trotar a mi lado con unas mallas apretadas y una camiseta ajustada de color chillón, cronómetro en muñeca. Por eso algo se olía que tramaba, que tardé tiempo en descubrir.

Cuando me dijo que le habían propuesto escribir este ensayo empecé a entender todo. Luis estaba siguiendo de cerca al runner, como uno de los cada vez más habituales ocupantes de la ciudad de la que Luis es un enfermo estudioso, Madrid, y estaba tratando de conocer el porqué de su proliferación masiva en nuestras calles en los últimos años.

Fui de los que pudo leer un borrador de su ensayo y tal vez el que más polemizó con él. Claro que Luis, polemista innato (al que de broma siempre le otorgo la capacidad de estar a la vez en contra de dos que entre sí están en contra), había conseguido su objetivo. Tras una primera lectura en diagonal y después de felicitar a Luis por lo bien documentado y escrito que encontré su texto, mi mayor debate fue el título, que contenía la aparentemente agresiva frase “Contra el Running”. Como habitual corredor, me sentí aludido. Tras una segunda lectura más reposada del texto ya definitivo y con cierto paso del tiempo y de evolución personal, he de “envainármela” y simpatizar no sólo con el texto, sino entender lo que Luis pretende con el título.

La reflexión global del ensayo, no solo se ciñe en la práctica de un corredor cualquiera que desee despejarse o ponerse en forma cuando calza sus zapatillas a lo que nadie puede dotar de connotaciones negativas, sino en cómo, dónde, con quién y cuándo lo hace, el uso del espíritu de superación que parece se exige al ponerse a correr hoy en día, el modo en el que se practica ese deporte según clase social y sexo y el grado de exhibición de los resultados del mismo. La reflexión no se queda únicamente en la práctica del running, sino que analiza el comportamiento del individuo en el espacio urbano y la ocpuación del mismo en la sociedad actual, frente a lo que antes significaba el salir a hacer footing o mejor aún, salir a correr.

san-silvestreCon todo ello, el autor no pretende ni mucho menos convencernos para colgar las zapatillas, sino que investiga y razona el camino que ha llevado a que en cada San Silvestre, 40.000 almas paguen 23 € para lucir el logo de Nike sobre una camiseta de color fosforito, para después pasearlo por los parques de nuestra ciudad durante todo el año siguiente. Es indudable que estamos ante un fenómeno que, como cita el autor, mueve un volumen de negocio de 300 millones de euros al año en España y practican unos dos millones y medio de personas en nuestro país. Las ventas de zapatillas se han doblado entre 2009 y 2013.

El libro, aunque especialmente a los corredores nos hará discrepar en alguno de sus planteamientos, nos invita a practicantes y no practicantes a reflexionar sobre los devastadores efectos del capitalismo sobre ésta y cualquier práctica extralaboral, frente a los que, a quienes nos gustaría escapar de ellos, nos hace enfrentarnos a constantes contradicciones. En mi evolución sobre la práctica de salir a correr de la que antes hablaba, por ejemplo, he decidido no correr ninguna carrera cuyo único motivo sea un patrocinio, únicamente las que se desarrollen con un motivo o en un entorno que signifique algo para mí, como la popular de mi barrio (Tetuán), la organizada en mi lugar infantil de veraneo (Pedestre de Guadarrama) o la San Silvestre Vallecana, porque he convertido en tradición en correrla con mi hermano, por supuesto sin inscripción para promocionar a Nike y sí con la camiseta del Rayo Vallecano para recibir la gloria del público al enfilar la cuesta de la Avenida de la Albufera.

Con estas contradicciones nos enfrentamos todos los días por innumerables motivos. Por los horarios de nuestros trabajos, cuando nos vemos comprando una camiseta made in Bangladesh, usando un móvil con coltán de más que probable cruento origen, cuando vamos a tomar un aperitivo y nos encontramos con que lo llaman brunch, cuando nos pedimos una ginebra con cosas en un afterwork y hasta el propio autor del ensayo, cuando me lo cruzo en el barrio yendo a comprar a un súper abierto en domingo con una lata de Coca-Cola en la mano. Pero los que como él y como yo queremos algún día vivir sin tener que sentirnos mal por nada de lo que hacemos, en una ciudad con espacio diseñado por los ciudadanos y no por y para las empresas, nos vemos obligados a reflexionar y a compartirlo.

Y los que saben escribir y documentarse como Luis van y sacan un libro editado por Piedra Papel Libros, que podéis comprar por solo 6€, menos de lo que cuesta apuntarse a cualquier carrera. Os lo recomiendo, corráis o no.