La denuncia de María.

Martes, 22 horas, en una comisaría de Madrid.

Fuimos a denunciar el robo del bolso con rabia por el disgusto, pena por el valor de lo perdido, angustia por todos los trámites que quedaban por hacer, miedo porque los ladrones tenían las llaves del portal, aunque en cierto modo aliviados porque hemos cambiado la cerradura de nuestra casa rápidamente. Creíamos que iba a ser cosa de cinco minutos porque habíamos hecho la denuncia por internet y únicamente tendríamos que firmarla. Pero no fue así.

Mientras esperábamos, llegó María:

  • ¿Qué ha sucedido? Le preguntaron en la recepción.
  • Mi exnovio me ha pegado.
  • ¿Hoy?
  • No, el domingo
  • ¿Por qué no vino antes? (era martes). Siéntese allí y espere un momento.

Pronto salió “Policía número 1”, rubio, muy rubio, casi albino. Con bastante cercanía y de paisano, se sentó junto a María que tenía un brazo escayolado. Tuve la sensación de que el calor de Policía 1 no servía de mucho porque nos encontrábamos en una fría sala de espera abierta, en  una comisaría gigantesca,  por la que pasaban numerosos funcionarios bromeando para sobrellevar lo mejor posible el trabajo nocturno y en la que cada día habría gente como nosotros que tenía un gran disgusto, pero no su vida rota y, en esas condiciones, personas como María tienen que explicarle a un desconocido de qué manera ha sucedido todo. Tal vez sería mejor que ese relato se produjera en una sala más íntima. A pesar de todo, ella estaba con admirable entereza.

María le contó a Policía 1 que el domingo iba a dormir en casa de su madre y no pensaba ir por su casa, pero al final decidió pasar en ella un rato por la tarde. Tenía la música muy alta y llamaron a la puerta. Pensó que era un vecino que le iba a pedir que la bajara y abrió con el ánimo de pedir disculpas. Pero era él, su exnovio. Entró en la casa gritando. “¡Estás con alguien!”, mientras intentaba seguir avanzando por el pasillo para comenzar su histérica búsqueda. Ella forcejeó con él para que no consiguiera pasar, pero él la empujó. Tiene fracturas y fisuras en la mano y el brazo, además de un esguince cervical. Ella da gracias a que su compañero de piso estaba en la casa.

Además de la agresión, estaban ante allanamiento de morada, según Policía 1. María, con dudas sobre este último punto, explica que no quiso denunciarle, ya que la casa en la que vive está alquilada a nombre de su compañero de piso y de su ex pareja, aunque ella paga el alquiler desde su cuenta, algo que puede demostrar con justificantes. La razón es que no tienen todavía el NIE, algo para lo que debe quedar poco tiempo. Explica que hoy martes se decidió a denunciar porque le ha visto merodeando otra vez por su casa y por su trabajo y siente miedo por su hijo de 8 años, que por suerte no estaba en el momento de la agresión y ahora mismo está en casa de la madre de María.

María había tenido una relación de dos años con esta persona, que ella decidió romper en mayo al descubrir una infidelidad. Ahora estaban planteándose volver. Él quería regresar al piso donde habían vivido juntos y ahora vivía María con un compañero de piso (al que supongo amigo común de la pareja), pero ella le dijo que todavía no era el momento, algo que según relataba María le enojó en la mañana del día de la agresión cuando se lo comunicó por teléfono.

El policía ofreció a María elegir entre declarar con abogado de oficio o hacerlo sola, pudiendo contar con su abogado más tarde cuando ella lo desee. Ella eligió declarar sola y al día siguiente confiar en su abogado. Policía 1 le indicó que debía esperar allí mismo. Ella aprovechó para hacer varias llamadas. A su madre y a su compañero de piso, al que le comentó en tono de súplica que esperaba que esto no afectara a la convivencia y pudiera seguir viviendo allí con él.

Yo escuché todo aquello acongojado, en silencio, con los ojos encharcados, sintiéndome hasta mal porque hasta que llegó ella me importaba mucho algo material, el valor del bolso que nos habían robado que se llevó los ahorros de unos meses de mi pareja, su único capricho en años, en vez de dar gracias permanentemente por estar relativamente bien con mi vida. Quedé lleno de rabia por lo injusto que es que las vidas de María y su hijo hayan quedado marcadas para siempre por ese cabrón. En ese momento entra otra señora. Más alejada de nosotros, en el mostrador y en voz alta, nerviosa todavía porque se adivina reciente el suceso, explica al policía de recepción que su marido acaba de amenazarla de muerte a ella y a sus hijos. No doy crédito. Por mucho que veo noticias, que lea numerosos relatos de mujeres que narran en redes malos tratos, agresiones, violaciones, micro y macro machismos, el hecho de llevar apenas 20 minutos y encontrarme ante semejante drama, tan cerca y de un modo tan horriblemente cotidiano que se adivinaba en la cara de los policías, hace que me derrumbe y rompa a llorar. Y lloro más cuando me fijo en que ellas que, lejos de llorar como yo, están enteras. Son las agredidas y ya no lloran. Lo que me conmueve es que las imagino enteras porque porque sus almas  están rotas, vacías. Les han arrancado todo lo que tienen dentro y las han machacado por fuera, como si fueran una estatua hueca a la que el tiempo le ha borrado la expresión.

Media hora después Policía 1, ya de uniforme, nos invita a pasar a María y a nosotros dos a la sala de declaraciones. Aunque ella tardó unos segundos en alcanzar la puerta por la que yo ya había pasado, esperé a que también entrara María porque ella no sería capaz de abrirla, ya que llevaba su bolso y los papeles con una mano, porque la otra la tenía escayolada desde los dedos hasta casi el hombro. María declararía con Policía 2, moreno, con barba de pocos días pero muy perfilada, más joven y parece que menos cercano. Tal vez no convenga ser muy cercano para tomar una declaración y así ser objetivo, igual lo mejor es comportarse casi como una máquina. Pero al verles pensé que para antes y después de una declaración y en los intervalos de la misma, es necesario que en un caso de violencia machista se imponga una cercanía que consiga empatizar lo que esas mujeres llevan dentro, especialmente el miedo.

Mientras nosotros ampliábamos con Policía 1, que se encargó de nuestra declaración, datos poco relevantes la declaración hecha por internet, como la marca del bolso o todo lo que contenía (ya que damos por hecho que no vamos a recuperar nada), María le contaba otra vez la historia a Policía 2.

Él tardaba mucho en anotar cada uno de los trozos de relato de María. Entre pasaje y pasaje, haciendo gala de la falta de cercanía que le presumí, se dirigía a ella a veces casi reprendiéndola:

  • Esto del alquiler, hay que cambiarlo, ¡hombre!
  • Ya, es que por eso no le denuncié.
  • Bueno, una cosa no quita la otra, hay que denunciar… pero claro, es que si tiene llaves…
  • No tiene llaves.
  • Ah, no tiene llaves.
  • Sí, ya le he dicho, debió entrar en el portal detrás de algún vecino y yo le abrí pensando en que era alguien que me iba a pedir bajar la música.
  • Bueno, y que me aclare yo, me dices que es tu exnovio y ahora me dices que estabais volviendo. ¿Cómo es eso?

En ese momento Policía 1 acaba con las firmas de nuestra denuncia y mientras cuadra los papeles de todas las copias y los grapa dos a dos, nos dice sonriente y en voz alta, tan alta que María lo oía fácilmente:

  • Qué suerte habéis tenido de pasar, eh! Con dos violencias de género, si os llega a tocar esperar a que acaben las dos, habíais tardado tres horas, porque son larguísimas, jajaja.

Me horrorizó el comentario, más en presencia de María, pero traté de salir del paso con un “ajá”. Nos despedimos y les deseamos buenas noches. Sobre todo a María, aunque ella no lo supiera.